Después de un largo tiempo sin aparecer comienzo con una sencilla entrada:
A veces sentimos la necesidad de volver a nuestras raíces. De recordar y rememorar viejos tiempos. Yo he sentido esa necesidad. Cuando era un niño mis padres tenían un precioso terreno, muy cerca de Capellades y de Igualada, en una urbanización llamada La Font del Bosc.
En ese lugar pasé maravillosos momentos. En medio de bosques pinos donde me perdía y vivía mis propias aventuras. Pues en ese rincón encontraba siempre cosas que hacer y no recuerdo haberme aburrido nunca, a no ser que lloviera mucho, cosa por la cual me debía quedar dentro de la casa.
Vendimos el terreno cuando compramos la casa en la que actualmente vivimos. Nos supuso una gran pena. Yo dejaba a mis amigos y un lugar lleno de magia. Mis padres dejaron un trozo de tierra que trabajaron sin descanso para que quedara hermoso.
Después de trece años he vuelto allí, a mi antiguo terreno. Con la esperanza de quitarle el polvo a esos entrañables recuerdos de infancia. Por degracia, con el paso del tiempo las cosas cambian. La urbanización sigue tal y como la recordaba, pero con sutiles cambios. Las casas de mis antiguos vecinos permanecen igual, como si no hubiera pasado más que unos días de la última vez que estuve allí. Por desgracia para mí, mi pequeña parcela ha sufrido terribles vicisitudes, convirtiéndose en una esperpéntica caricatura de lo que antaño fue. Lo que fue una casa de madera, piedra y pizarra se ha convertido en una extraña suerte de vivienda similar a lo que podemos encontrar en los pueblos costeros dedicados al turismo; de fachada salmón y ventanas blancas. Las preciosas jardineras que dejamos las han convertido en algo terrorífico, digno de un terreno baldío. Ya no queda ningún árbol del gran número que dejamos allí; y del pozo y del estanque no digamos, sin agua y repleto de juguetes y plantas mal cuidadas. Por que ese lugar está infestado de cachivaches de plástico, pertenencia de algún infante muy mimado, pues goza de una cama elástica (abandonada en el terreno como si la hubieran soltado desde lo alto de un helicóptero) y de una enorme piscina de plástico puesta sin gusto alguno. Miles de detalles podría sacar; miles de crímenes cometidos he encontrado; pero sin lugar a dudas me he llevado una gran decepción. Rezaba que los nuevos dueños mimaran los que nosotros dejamos. Me esperaba cambios, pero cambios a mejor, y no ese atentado contra el buen gusto. Por lo menos me contento con que el alrederor no ha sufrido de esas viles mutaciones y sigue siendo igual que cuando lo dejé.
De todas formas, pese a esta pequeña desilusión ha merecido la pena hacer ese viaje. Por la compañia y por el pequeño placer de recordar esos viejos momentos.
martes, febrero 12, 2008
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